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El hombre oso

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Acertijo



Eva

    Y conocí a una hermosa mujer de nombre Sofía, que era torturada constantemente por un demonio que la acompañaba.
Le pregunte donde sacaba fuerza para soportarlo. Me miró con sus grandes ojos llenos de tristeza y me dijo: La obtengo del conocimiento de otros seres que tienen sufrimientos mucho mayores. Entonces me condujo a la casa de Efraín y sus demonios, ahí nunca reinaba la paz, la vida era una pesadilla interminable, donde el ruido y el desorden reinaban; pero al hacerle la misma pregunta, me contesto que había cosas peores. Para demostrármelo me guió a la choza de Eva.
Sentí temor de enfrentarme con mayores desgracias y sin traspasar el  umbral, retorne a casa de mis padres.

   Tiempo después conocí a Cristian y su ángel.  La dicha les rodeaba y era un deleite gozar de su compañía. Siempre pasaban al templo por las mañanas y ofrecían sus obras a Dios. Pregunte sí ese era el camino a la santidad; lo negaron moviendo la cabeza y  diciendo, “aun nos falta mucho camino por recorrer”, me llevaron a la residencia de Omar y sus querubines.
Ellos eran el reflejo de la luz, en su morada se respiraba la dicha. Meditaban, oraban y trabajaban buscando nuevas formas de contribuir a la evolución positiva del cosmos; pero me aseguraron  que había alguien con mayores atributos para alcanzar el grado supremo de la iluminación.
   Para mi sorpresa, nuevamente fui conducido hasta la choza de Eva. Esta vez no sentí ningún temor; atravesé el umbral en que la luz y las tinieblas precian fusionares, encontrándome con una habitación vacía, silenciosa, conformada por espejos. En ellos mi imagen se proyectaba en todas direcciones, se reproducía hasta el infinito.

   Regrese a casa de mis padres  sin  comprender el significado de mi visión, los encontré sentados frente a la ventana que da al jardín, hablándose en silencio, con el lenguaje que entienden los que se han enfrentado a las tormentas y las han vencido; o los quienes han logrado su auto aprobación.

   Esa noche dormí sin inquietarme por el deseo de comprender a mis semejantes. No sentí envidia por sus dichas, o pena por sus sufrimientos, porque en mi corazón tenia la certeza de que cada uno tenia su lugar, que el mío era diferente. Entonces no tenía porque sentir envidia por sus dichas o pena por sus desgracias, porque ese era el camino que tenían que recorrer.

   He recordado con frecuencia la visita a la choza de Eva, siempre con la esperanza de descifrar el significado, pero la respuesta permanece ausente, aun cuando la reflexión me ha llevado a conocer nuevos ángulos de mi ser.
Tal vez, en el futuro, pueda entender porque me vi en ese lugar vacío y silencioso, reflejándome hasta el infinito.

En el escrito titulado “Oso”, encontré la respuesta a mi acertijo.
 Juan Antonio Saucedo Pimentel
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