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martes, 30 de octubre de 2012

Veneno Dulce Kalil Gibran



VENENO DULCE

En una mañana de otoño, que en norte del Líbano tiene un esplendor inigualable, los aldeanos de Tala se reunieron en la plaza de la iglesia para comentar el repentino viaje de Fares Rahal que, abandonando a su joven esposa, partiera con rumbo desconocido.
Fares Rahal era el líder de la aldea. Había heredado su primacía de su abuelo y de su padre. Y, aunque joven, había en él una superioridad que se imponía.
Cuando se casó con Susan Barabat todos dijeron: “! Qué felicidad ¡ consiguió, con menos de treinta años, todo lo que un hombre puede desear de este mundo.”

Pero, aquella mañana en que lo recordaban, los habitantes de Tula, que sabían que Fares había reunido todo su dinero antes de montar su caballo y abandonar la aldea sin despedirse de nadie, se sentían perplejos y comenzaron a buscar los motivos que podían haber llevado, a un hombre como él a abandonar de repente a su gente, su esposa, su casa, sus campos y viñedos.
En el norte del Líbano, la vida se asemeja a un socialismo más que a cualquier otro sistema. Todos comparten las alegrías y las tristezas de la vida, guiados por instintos simples y sinceros. Y hacen frente, juntos, a todos los acontecimientos importantes.
Fue por eso que los habitantes de Tula abandonaron sus tareas cotidianas y se reunieron cerca de la iglesia para cambiar opiniones sobre la misteriosa partida de Fares Rahal.
Mientras conversaban, vieron acercarse al padre Esteban párroco de la ciudad, con la cabeza gacha y el rostro sombrío. Lo acogieron con miradas interrogantes.
-No me hagan preguntas- dijo él, por fin-. Todo cuanto sé, es lo siguiente: Fares vino a golpear mi puerta antes del amanecer; su rostro estaba marcado por la tristeza cuando me dijo:
-Vine a despedirme, Padre. Me voy más allá del may y no regresaré jamás a este país.
Después, me entregó una carta para su amigo Nagib Malik y me pidió que la entregara personalmente. Hecho eso, saltó sobre su caballo y desapareció antes que pudiera preguntarle nada.
Alguien conjeturó: - Sin duda, la carta explica los motivos de su viaje, ya que Nagib era su mejor amigo.
Otro preguntó: - ¿Ha visto a su esposa, Padre?
-               La visité después de las oraciones de la mañana – respondió el Padre – La encontré sentada al lado de su ventana. Miraba a la distancia, con ojos vidriosos, cual si hubiera perdido la razón. Cuando la interrogué, abanicó su cabeza y murmuró: - No sé.- Y se echó a llorar como una criatura.

De pronto se escuchó un disparo de revólver y todos se estremecieron. Y a continuación escucharon los gritos de una mujer. Los aldeanos quedaron atónitos un instante, y, enseguida, salieron corriendo en dirección al sitio donde sonó el disparo. Cuando llegaron cerca de la casa de Fares Rahal, vieron a Nagib Malik tendido en el suelo, con sangre brotando de su cuerpo. A pocos pasos de él, Susan, la esposa de Fares Rahal, se arrancaba los cabellos y gemía:
-               Se ha suicidado, se ha suicidado…

La gente se detuvo temerosa. El Padre vio, en la mano del infeliz la carta que le entregara aquella mañana, la retiró y la puso discretamente en su bolsillo.
Cargaron, luego, el cuerpo del suicida y lo llevaron a casa de su madre, quien al ver el cadáver de su único hijo, perdió el sentido.
Las mujeres cuidaban a Susan, que estaba medio muerta.
Cuando el Padre Esteban volvió a su casa, cerró la puerta, se puso los anteojos y abrió la carta leyendo con voz trémula:
“Nagib, hermano mío,
  Abandono esta ciudad porque mi presencia en ella es causa de infelicidad para ti, para mi esposa y para mí mismo.
Sé que eres demasiado noble para traicionar a tu amigo y vecino.
Sé que Susan, mi esposa, es pura e incapaz de cometer un pecado.
Más sé, también, que el amor que liga tu corazón al de ella es más fuerte que vuestras voluntades. Tú no lo puedes detener, como no puedes detener el curso del río Kadisha. Somos amigos, Nagib, desde que éramos pequeños. Y deseo que continúes pensando en mí como lo has hecho hasta ahora. Y si te encontrases con Susan, dile que la amo y que no la censuro. Dile que sentía pena de ella cuando, de noche, la veía arrodillada frente a la imagen de Jesús, rezando y llorando.
Nada es tan cruel como el destino de una mujer que ama a un hombre, mientras debe vivir con aquél a quien debe amor. Quería mantenerse fiel a sus obligaciones, pero no podía acallar sus sentimientos. Es por eso que me alejo hacia lejanas tierras de donde jamás regresaré. No deseo continuar siendo un obstáculo en el camino de vuestra felicidad.
Finalmente, te pido, amigo y hermano, se fiel a Susan y ampárala hasta el fin. Ella sacrificó todo por tu causa. Y permanece, Nagib, tal como te conozco: corazón noble, alma elevada. ¡Y que Dios te proteja ¡
                                         Fares Rahal

El Padre Esteban dobló la carta y la devolvió a su bolsillo con aire ausente. Sentía que algo se le escapaba. Luego, se levantó agitado, como si hubiera descubierto un secreto terrible escondido tras apariencias inocentes. Y gritó:
-Extraordinaria fue tu astucia, ¡oh, Fares Rahal! Supiste matar a tu amigo sin manchar tus manos con su sangre. Enviaste el veneno mezclado con miel, y cuando él dirigió el revólver contra su propio pecho, tu mano guiaba su mano y tu voluntad dominaba su voluntad… ¡Mortal es tu astucia, oh, Fares Rahal…!

Y el Padre Esteban se volvió de espaldas acariciando sus barbas, el rostro marcado por una mueca amarga.
Desde el centro de la aldea, llegaba hasta él los lamentos de las mujeres.


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